DIARIO DE VIAJE DE JAVIER CRUZ
Después de cuatro días por tierras Bolivianas, les haré un pequeño resumen de lo hasta ahora vivido (que no ha sido poco).
Llegamos procedentes de Buenos Aires el pasado domingo 28 de Mayo al aeropuerto internacional más alto del planeta “El Alto-La Paz, 4.080 mts.” (casi nada), nada más bajar del avión te sentías un poco como un borracho y al llegar a la cinta de recogida de equipaje, encuentras una salita con un gran cartel “Sala de oxigenoterapia”. Tenía cuatro camillas y estaban todas llenas de personas que venían en nuestro vuelo. Incluso habían varios esperando. Con esto te puedes hacer una idea de lo que puede ser ponerte sobre los 4.000 mts. del sopetón.
Al salir nos esperaba Ivan Berdeja, un “paceño”, como llaman aquí a los habitantes de La Paz, que nos conduciría hasta el hotelito donde nos hospedaríamos. Este muchacho es una maravillosa persona, que además tiene una cultura sobre su país realmente asombrosa. Tenemos la suerte de que nos ha acompañado en estos días de aclimatación, por lo que es lo mismo o mejor que tener un guía turístico particular.
Hablaba de estos días de aclimatación porque al contrario de lo normal en una expedición de este tipo, en la que si sobran días los aprovechas para conocer un poco el país, hemos decidido (y gracias a Dios), dedicar cuatro días a conocer lo más importante de Bolivia, puesto que todo está a bastante altitud y así nos serviría para aclimatarnos.
Así que cuando Alfredo Villca, director de AltiplanoExtreme.com (Agencia a la que hemos contratado toda la logistica), me propuso este sistema de aclimatación, me pareció una idea fantástica. En caso de dirigimos directamente al pie de las montañas, lo más normal sería que fracasemos en el intento, a causa del poco tiempo de permanencia en altura.
Lógicamente, después de alojarnos, nos han invitado a una infusión de hojas de coca, algo muy común entre los campesinos del altiplano, puesto que sus propiedades (todas naturales) ayudan a sobrellevar mejor la estancia en cotas altas.
Nos dirigimos a la mañana siguiente a Tiwanaku, un pueblito del altiplano a 3.800 mts. que conserva las más importantes ruinas de origen Inca del país. Curiosamente este pueblito de origen Aymara, firmó hace pocos meses un hermanamiento con el pueblo de San Mateo (Gran Canaria). Charlando con un Aymara del lugar, nos preguntó que de dónde veníamos, y al decirle que de Gran Canaria, incluso se le saltaron las lágrimas entre besos y emotivos abrazos. Nos enseñó todo su pueblo, e incluso almorzamos juntos.
Después de almorzar, en un viaje agotador de unas seis horas en una camioneta por las desérticas y polvorientas carreteras del altiplano, nos dirigimos hasta Copacabana, un pueblito turístico a 200 kmt. de La Paz, que se encuentra a orillas del famoso lago Titicaca (3.800 mts.), lago navegable más alto del mundo. (o Puma gris en lengua Aymara).
Este lago, más que un lago parece un océano. Tiene 82 islas y de estas las más importantes son la Isla de la Luna (lugar donde los reyes Incas desterraban a seleccionadas niñas hasta que crecieran y fueran elegidas como esposas de sus hijos), la cual visitamos en barco, aunque sólo quedan las ruinas de esas antiguas residencias; y la Isla del Sol, en la que nos quedamos una noche y aprovechamos para atravesarla a pie, por su cresta central que supera los 4.000 mts, lo que nos ha servido para empezar a darle trabajo al corazón en altura. Lógicamente, nosotros también hemos celebrado desde la Isla del Sol nuestro Día de Canarias (30 de Mayo), sólo que en vez de con un sancocho, con una buena sopa de quinua (especie de lentejas muy pequeñitas) y brindando con un lógico mate de coca.
Hoy jueves 01 de Junio, lo hemos dedicado a conocer un poco más los barrios más pintorescos de La Paz y perdernos durante varias horas por sus ambulantes y caóticos mercados que me hacen recordar al Zoco de Marrakech o a Durbar Square en Katmandú y a chequear todo el material y comida que tenemos que desplazar mañana viernes hasta el campo base de los volcanes gemelos o Payachatas (Parinacota y Pomerape), a los cuales intentaremos subir el próximo domingo y martes respectivamente para el miércoles (si todo sale según lo previsto) desplazarnos hasta el campo base del Sajama (pico más alto de Bolivia) que se encuentra a tan sólo 40 kmts. de los anteriores y donde emplearemos en torno a una semana más. (En cuanto a la comida, que era una de las cosas que más me preocupaban puesto que en las demás expediciones en las que he estado siempre la he preparado yo, he de agradecer la generosidad con que Altiplano-Extreme ha hecho la selección de la misma en cuanto a variedad y cantidad) “Una cosa tengo clara: no sé si subiremos a esas montañas, pero comer,comeremos de maravilla”.
La primera impresión de la ciudad de La Paz fue alucinante, puesto que la esperaba más moderna en cuanto a todo. La circulación es un auténtico caos puesto que personas y vehículos se entremezclan obligándote a andar con mil ojos.
Me chocó sobre todo, que la práctica totalidad de los habitantes de El Alto (parte alta de la ciudad, como de La Paz en sí, son de origen Aymara y conservan sus vestimentas y costumbres, o sea, sus sombreros, sus “awayos” (manta de colores que utilizan sobre todo las mujeres para transportar a la espalda a sus bebés o mercancías), etc. Más abajo, ya en los valles, la población pasa a ser de origen Quechua, que son de temperaturas más calidas (entre los 1.000 y 2.000 mts.) y dedicadas mayormente al cultivo de la coca, mientras que en el altiplano, los Aymaras se dedican al cultivo de la quinua, habas, etc, pero sobre todo a la papa, la cual deshidratan y convierten en chuño y tunta, para tener durante la dura época de invierno.PARINACOTA (6.392 mts.)
A las 08:30 horas, después de desayunar en el hotel Condeza (La Paz), nos pasó a recoger nuestro buen amigo Iván Berdeja para dirigirnos a la oficina de Altiplano-Extreme, donde nos esperaba a su vez Alfredo Villca. Tras terminar de cargar la furgoneta, partimos finalmente rumbo al pueblo Sajama, dentro del Parque Nacional que lleva el mismo nombre, en honor al cerro más alto de Bolivia, el Sajama (6.542 mts.).
Tras una pequeña parada en Patacamaya (Pataca = 100 y Acamaya = muertos, en lengua Aymara), por lo que el pueblo fundado después de una batalla librada por motivo de lindes, recibió dicho nombre, continuamos rumbo al pueblo Sajama que se encuentra a 4.200 mts. de altitud, en el corazón del altiplano, custodiado al noroeste por los volcanes gemelos Payachatas (El Parinacota de 6.392 mts. y el Pomerape de 6.200 mts.) y al este por el gigante e imponente Sajama. Entre montañas y pueblo, existen grandes llanuras con bofedales donde campan a sus anchas vicuñas, alpacas y llamas. En este pueblo, por supuesto íntegramente aymara, deben habitar unas 50 personas. Todas las casas son hechas con bloques de barro, que fabrican ellos mismos mezclando arena, tierra y agua que tras llenar unos moldes los dejan al sol unos cuatro días. En el tejado ponen una especie de paja dura.
Llegamos tras unas seis horas de carretera que atraviesa el altiplano y se dirige a Chile, entrando por Arica. El día en el pueblo era muy ventoso y puesto que hace muchos kilómetros que dejó de existir el asfalto, las nubes de polvo hacían la estancia insoportable. En la pequeña oficina del guarda parque, tuvimos que inscribirnos y llenar la ficha de escalada, que recoge datos como a qué montaña vamos, cuántos días estaremos, experiencia, teléfono para contactar con familiares en caso de accidente, etc.
Tras almorzar en casa de Doña Ana y Eliseo una buena sopa de quinua y un filete de llama con arroz y papas fritas, traspasamos el material a uno de los tres únicos todo terrenos que hay en el pueblo, para durante 45 minutos y tras atravesar varios ríos, llegar por fin al campo base de los Payachatas, que se encuentra a 4.800 mts.
Alfredo e Iván nos ayudaron a montar la tienda y luego retornaron con el 4x4, por lo que a eso de las 17:00 horas, estábamos en el campo base Cristo y yo. “No había absolutamente nadie en toda la montaña”. Era justo la sensación que venía buscando. Estar solos en una gran montaña y tener que hacerlo todo; portear, montar el campo alto, subir, bajar, desmontar……. todo……..
Bueno, intuíamos que no estábamos del todo solos. Imaginábamos que rondaba por la zona un personaje imaginario que nos viene persiguiendo desde que aterrizamos en Bolivia y del que Cristo puede dar buena fe de su existencia, puesto que fue atacado por dicho individuo en el hostal de copacabana (en el lago Titicaca), mientras Iván y yo habíamos ido a cenar una buena trucha a la mantequilla. Lo hemos bautizado irónicamente como “el hombre del palo”, porque si te coge te manda en la cabeza y te puede llegar a hacer vomitar. Me refiero al “mal de altura” o “sorosche”, como le llaman aquí. Desde que llegamos no hemos dejado de bromear diciéndonos que esta noche vendrá el hombre del palo a cogerte. Iván se ríe y nos sigue el juego, y antes de marcharse del campo base nos desea suerte y nos dice que acaba de ver esconderse tras aquellas piedras “al hombre del palo”.
A pesar del fuertísimo viento, pasamos una relativa y primera buena noche en altura, eso sí, llenos de tierra por todos lados.
La mañana del sábado 03 de Junio, amaneció igual de ventosa. Cristo me dio una grata sorpresa al sacar de su bidón una tira de banderas de oración que yo le había traído como recuerdo del Himalaya y me dijo “toma Patrón, para montar nuestra Puya”. La Puya es una ofrenda que hacen los sherpas en el Tibet y Nepal, en el que instalan estas banderas de oración en el campo base y ofrecen alimentos y bebidas a los dioses de la montaña que se pretende ascender, para que les conceda el permiso de internarse en ella y salir sanos y salvos de la misma. Así que nos pusimos manos a la obra y construimos un monolito de piedras, desde el que atamos la tira de banderas hasta uno de los mástiles de nuestra tienda. Pusimos todo el material de escalada alrededor de nuestro pequeño altar, a modo de que se bendijera y a falta de enebro, quemamos unas hojitas de coca como ofrenda a los dioses del Parinacota, o en su defecto, al “hombre del palo”.
Realmente fue muy emotivo, porque seamos de la religión que seamos, creo que todos, sobre todo en estos casos, necesitamos creer en algo.
Después de almorzar, cogimos nuestras mochilas y empezamos a andar hacia el campamento alto, con idea de dejar allí material (cocinilla, gas, agua, comida, una tienda, etc.), para al día siguiente subir con menos peso. Tardamos unas tres horas en llegar hasta la ubicación de este campamento, a 5.200 mts. y una hora en bajar.
La noche seguía ventosa, tras tomar unos mates argentinos, intenté preparar unos espaguetis con salchichas. Me salió una baba realmente asquerosa y encima se me quemaron. Eso sí, las salchichas estaban ricas.
El domingo 4 de Junio subimos a medio día hacia el campo alto. Montamos la tienda y nos dispusimos a hervir agua y llenar los termos para que no se nos congelara durante la noche. Para ser una noche de cumbre, con los nervios que conlleva eso (hasta ahora en ninguna montaña he pegado ojo esa noche), dormimos algunas horas seguidas (intuyo que la edad no perdona ni en esto).
A las 01:30, sonaron los despertadores y mientras uno se vestía entre jadeos, el otro hervía agua para los termos y desayunar algo. Por fin nos poníamos en marcha a las 03:40 de la madrugada con una noche espectacular. Sin viento, muy poco frío (entre -5 y -10ºC).
Sobre las 06:15 y a unos 5.500 mts., Cristo no pudo continuar más. La noche empezaba a aclarar por detrás del siempre imponente Sajama. Yo decidía continuar. La pendiente se ponía cada vez más empinada y con piedras volcánicas cada vez más grandes y más sueltas. Intuía que me había salido de la ruta puesto que me vi obligado a guardar los bastones en la mochila, quitarme las manoplas y escalar pasos de roca de 3º y 4º grado.
Por fin llegué a la nieve. Me puse los crampones y ascendí por pendientes bastante fuertes (unos 40º), totalmente venteadas (en forma de penitentes ladeados), a causa de los tres días de fuerte viento que habíamos sufrido y esto hacía que la ascensión fuera más lenta y más complicada de lo que debía.
Por encima de los 6.000 mts. el cono final aparecía desprotegido y comenzaba a soplar un viento cada vez más incomodo.
100 mts. antes de alcanzar la cumbre, decidía regresar debido al considerable aumento de la potencia del viento, lo que sumado a las fuertes pendientes que colgaban bajo mis pies y al encontrarme sólo en la parte alta de la montaña, conjugaban un riesgo más elevado del que me había propuesto asumir. Así que después de 6,5 horas de ascensión y a casi 6.300 mts, se acababa el sueño del Parinacota.
Sobre las 12:00 y después de un pesadísimo descenso, me reunía con mi compañero en el campo alto. Ya tenía todo desmontado para continuar el descenso hacia el campo base.
Eliseo, uno de los que tiene 4x4 en el pueblo, llegó esa mañana al campo base para traer a tres franceses y al no encontrarnos, subió al campo alto para saber de nosotros.
Teníamos dos opciones: Aprovechar el coche y regresar al pueblo o descansar en el base para intentar nuevamente la cumbre el miércoles por la noche. Puesto que en la mañana del jueves nos vienen a recoger Iván y Alfredo para trasladarnos al campo base del Sajama, decidimos bajar al pueblo y descansar allí dos días para tener más posibilidades en esta otra montaña. Más alta y más complicada.
“Las sensaciones vividas en la soledad de esta montaña, difícilmente las volveré a encontrar en ninguna otra”.SAJAMA (6.542 mts.)
En la mañana del Jueves llegaban al pueblo Iván, Alfredo, Simón (que estaría como cocinero en la ascensión al Sajama) y Aldo Riveros, guía de alta montaña titulado por la UMIAG y por la escuela francesa, y además un experimentado andinista que ya ha escalado el Sajama en varias ocasiones. A Iván, en el periodo de aclimatación por el lago Titicaca nos habíamos encargado de animarle para que intentara subir con nosotros al pico más alto de su país, puesto que se le notaba en el brillo de sus ojos que le hacía mucha ilusión, así que con Aldo, haríamos dos cordadas.
Ese jueves aparecía nuevamente el fantasma del Parinacota, o sea, amanecía con mucho viento y unas nubes lenticulares muy sospechosa.
Mientras andábamos hacia el campo base de esta sobrecogedora montaña, no dejaba de maldecir mi mala suerte con el tiempo; en el periodo de aclimatación y en el descanso en el pueblo, el tiempo había sido fantástico, pero justo en los dos periodos de montaña, se levantaba un viento que ni la gente del pueblo se lo explicaba.
Llegamos al campo base después de unas dos horas andando por un sendero muy bonito junto a un riachuelo y un bosquecito de Quéñuas. Llevábamos dos burros con nuestro material más pesado (tiendas, sacos, trastos de cocina, comida, etc.) y sobre las 17:00 horas montábamos nuestro campo base a unos 4.800 mts. Durante la cena noté a mi compañero Cristo hablando con la lengua gorda, o sea, un poco como si estuviera borracho. Cenó poco, tomó una aspirina y se acostó. Por la mañana le dolía la cabeza. “No cabe duda que durante la tarde-noche lo había venido a buscar el hombre del palo ”. Decidimos que descendería esa misma mañana nuevamente hasta el pueblo. Nos fundimos en un abrazo de esos que no quieres que se acabe, porque tienes la sensación de que te vas a alejar de este mundo. En algún lado leí que cada paso que dabas hacia arriba en una gran montaña, te estás acercando al cielo y por tanto alejando de la vida; y de verdad que se siente algo así.
Partimos hacia el campo alto, a 5.700 mts. Iván Berdejo, Aldo Riveros, Simón (el cocinero) y yo, junto con dos porteadores para que nos subieran lo pesado.
Unas rampas bastante fuertes de penitentes, nos pondrían en el campo alto después de unas cuatro horas de ascensión. Las tiendas las montaríamos en unas plataformas cavadas en el hielo justo en mitad de la ladera (me recordaba mucho al campo 3 de la sur del Everest, en la que nuestras tiendas también colgaban como balcones en mitad de una fuerte pendiente). Si el día había sido más o menos ventoso, durante el ocaso se empezaba a intensificar.
La noche fue tremendamente ventosa. Las sacudidas a la tienda te hacían pensar que o bien se partirían las varillas o en cualquier momento saldríamos volando pendiente abajo. Los azotes de los laterales de la tienda contra la cara eran continuos. Mi compañero, en este caso Iván, me miraba sin mencionar palabra. Me puse los cascos para intentar no escuchar el ruido de la lona. Sonaba en mi mp3, cómo no, mi inseparable compañero de montañas, el maestro de la poesía cantada, Joaquín Sabina; Mientras escuchaba “Quién me ha robado el mes de Abril” , por un momento mi mente se trasladó de nuevo hasta el Everest, puesto que allí pasé todo un mes de Abril...y Mayo.....y parte de Junio, y por tanto cada vez que la escucho me trae intensos recuerdos. Un nuevo bandazo me hizo regresar del sopetón desde Asia hasta Sudamérica. Habíamos quedado con Simón, el cocinero, que nos tendría el agua hirviendo para los termos y desayunar algo a las dos de la madrugada. Tanto Iván como yo, teníamos claro que esa noche sería imposible el tan siquiera salir de las tiendas. A las 02:30, Simón nos avisa que llevaba una hora intentando encender el fuego para fundir nieve y el viento no se lo permitía, pero que ya tenía todo a punto y que Aldo ya estaba desayunando en su tienda. Sacamos la cabeza y entre gritos hablamos con Aldo, puesto que él conoce mejor la montaña, nos animó a intentarlo; él pensaba que en un par de horas se cortaría el viento. Finalmente nos pusimos en marcha los tres encordados a una misma cuerda un poco antes de las 04:00 y con un viento racheado espantoso.
Tras salvar unas rampas de penitentes nos montamos en una arista que asomaba a la cara suroeste (la más vertical) y el viento nos obligó a extremar mucho las precauciones.
Después de esta arista, un pequeño cobijo nos permitió tomarnos un respiro al soco del viento que no cesaba y tomar un poco de mate de coca caliente antes de exponernos nuevamente a la furia del viento y además afrontar la rampa más dura de la ruta; unos ochenta metros de hielo a 45º de inclinación que enlazaban directamente hacia abajo con el negro abismo. Tras superarlos con mucho cuidado, el corazón bombeaba a un ritmo muy alto a causa de la adrenalina segregada por el tramo recién escalado y por el esfuerzo desarrollado a esas cotas (unos 6.000 mts.). Las rampas que quedarían hasta la cumbre serían aunque un poco menos inclinadas, las más batidas por el viento. Este, nos obligaría a seguir escalando siempre en la misma posición, o sea de espaldas al viento, lo cual haría mucho más penosa la ascensión, puesto que lo normal sería subir haciendo zig zag para ganarle algún respiro a la pendiente. Era totalmente imposible ponerse cara al viento. Nunca había sentido el peso en los párpados al abrir y cerrar los ojos y es que en cada pestaña se me había formado una bolita de hielo. Ni si quiera en los ocho miles. Aunque el termómetro me marcara -15ºC, la sensación térmica a causa de los fuertes bandazos de viento era de un frío terrible. Miraba a Iván y tenía estalactitas en el bigote y las pestañas también congeladas. Hablamos con Aldo la posibilidad de darnos la vuelta. Por el este empezaba a aclarar. Debían ser más o menos las 06:00 de la mañana. Él confiaba que en cuanto amaneciera se podía cortar el viento. Continuamos escalando en línea recta hacia arriba y siempre de espaldas al insoportable viento. Nos empezábamos a sentir algo agotados. Todavía quedaba bastante. Empezaba a pensar que no tendríamos opción alguna de llegar a la cumbre. Empezaba a hacer números mentales para calcular la cantidad de “gasolina”que necesitaría para la bajada, y por culpa del viento comenzaba a encenderse la “luz de reserva”. Tenía claro, como en el Parinacota que no pensaba arriesgar más allá de mis límites. Toda la ascensión fue una duda eterna.
A las 08:45 del sábado 10 de Junio de 2.006, después de cinco horas de infernal escalada y como premio a sufrimiento continuo, poníamos finalmente nuestros pies en el techo de Bolivia, a 6.542 mts.…………Pero la cumbre no sería menos infernal que la ascensión. Las nubes pasaban barriendo la cumbre en todas las direcciones. Nos sentamos sobre las mochilas como haciendo un corro, a modo de refugiarnos de las ráfagas entre los tres. El sol ya había salido pero no calentaba absolutamente nada. Tomamos otro mate de coca caliente. Iván sacó su cámara de fotos e intentó tirar una. Estaba congelada. No hacía ni el ruido. Cogió la de Aldo y le saco alguna foto. Me quité la manopla, saqué la cámara y la encendí. Se quedó bloqueada y abierta sin poder tirar ni una sola foto. También se había congelado. Finalmente Aldo nos pudo sacar algunas fotos. Mientras me fotografiaba en esa cumbre, se me escapó debajo de las gafas alguna lagrimilla. Nadie se dio cuenta, supongo que ésta también se habrá congelado antes de aparecer por debajo del cristal a la altura del cachete.
No estuvimos allí más de 15 minutos. “si el infierno en vez de fuego fuera de hielo, sería aquello”. Nunca había estado tan incomodo en la cumbre de una montaña y que yo recuerde, durante la ascensión tampoco. Durante el descenso me llegué a plantear si realmente este sufrimiento tendría sentido alguno, si merecía la pena seguir escalando grandes montañas. El descenso, a pesar de lo que esperaba, fue un poco más cómodo, aunque el viento nunca se cortó. Llegamos al campo alto dos horas después y el bueno de Simón nos esperaba con una sopa caliente. No entraba comida alguna en mi estómago, sólo algo de líquido, y no mucho porque lo vomitaría. El esfuerzo había sido tremendo. Nos metimos en la tienda y dormimos una hora (no habíamos dormido absolutamente nada esa noche). Luego bebimos más liquido, desmontamos las tiendas y descendimos muy despacio puesto que íbamos muy cargados por las laderas de penitentes hasta el campo base, donde nos esperaba un arriero con una mula para ayudarnos a bajar hasta el coche lo más pesado.
Al llegar al coche, sobre las 16:00, me esperaba mi compañero Cristo con un gorro de lana de llama tejido a mano que había comprado en el pueblo durante la mañana, puesto que nos había estado siguiendo durante la mañana con unos prismáticos y ya sabía que habíamos hecho cumbre. En el gorro figura la palabra “Sajama”, un bonito detalle que siempre le agradeceré. Nos fundimos en un fuerte abrazo y nos volvieron a rodar algunas lágrimas……….”esta vez no se congelaron”.
“Ahora sentado al ordenador hago un poco de memoria sobre la ascensión y me doy cuenta que tengo una sonrisa boba de esas que no se quitan y también recuerdo que en alguna otra ocasión me he planteado si merece la pena seguir subiendo montañas. Puesto que he seguido viniendo cada año, deduzco que es algo momentáneo. De hecho, sólo han pasado tres días y ya todos mis recuerdos son positivos”. “Por supuesto que vale la pena”.
Disfrutaré de este maravilloso país y de esta inmejorable gente los tres días que me quedan por tierras bolivianas para regresar el próximo fin de semana a nuestra maravillosa tierra, que desde la distancia se ve más hermosa aún y se añora bastante.
Sin ellos, los patrocinadores y colaboradores, ninguna de estas historias hubiese existido. Con ellos estaré siempre en deuda:
Excmo. Ayuntamiento de Las Palmas de G.C. (Instituto Insular de Deportes), Cabildo Insular de Gran Canaria (Deportes), Federación Gran Canaria de Montañismo, Lima Sport (Tienda de material deportivo), Airexpress (Agencia de viajes), Docian, S.L. (Empresa canaria de alimentación), Altus (Material de montañismo).
La Paz a 13 de junio de 2006. Bolivia.
Javi Cruz.













